Cuando uno crece
aprende a identificar el desfalco, aprende del amor, aprende a cocinar, aprende
el valor de una amistad. Traicionar es de cobardes, delatar de soplones,
compartir de amigos.
Cuando uno es chico - recién
aprendiz de la vida- comienza a relacionarse con los chicos de la cuadra, con
los del cole, con los vecinos del primo. Crecen con el juego: Las escondidas; el bote pateado; la lotería.
Comparten el pan, comparten el tiempo.
Cuando uno crece
aprende que, más allá del dinero, del horizonte, lo importante en la vida, es el
tiempo. Y con un amigo, además de la risa, de la anécdota, de la desgracia, se
comparte tiempo, aquello que ya no regresa.
La magia de una
amistad, se define en la fidelidad, en el no
abandono. Es tan sencilla la traición, la mentira, la burla, que ahora
encontrar un amigo resulta tan complicado, una tarea difícil. Hallarse a un
cómplice, aquel que conozca tu secreto, tu pasado, tu presente, sin juzgo
alguno, es de vanagloriarse, de contarse.
No es difícil crearse
la idea que en algún apuro, antes que el tío/ la pareja/ el padre, se busca la
confianza de un amigo, se busca su consejo genuino. Porque un amigo no
traiciona, un amigo no te da la espalda, un amigo te apoya.
El poeta estadounidense
Robert Lowell (1917) hace mención de lo que significa una amistad:
Los
amigos son tan, pero tan
espeluznantemente
bellos
que
yo les gritaría ¡Bienvenidos! gozoso
lleno
de lágrimas
así
vinieran del Infierno.
Compartan esta entrada
con su verdadero amigo. Agradezcan su tiempo, pero sobre todo, su apoyo
incondicional.
Nota I : Fotografía extraída desde poorwilliam.net

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