La hoja de un árbol, la cola de un animal, la vergüenza de
una patria, puedes olvidar todo, pero no la muerte, la muerte de alguien
especial ¿A dónde se va? Se lo come la tierra, el fuego, lo arrojan al mar, ¿y
qué deja?, ¿qué nos lega? El dolor en la tierra, el luto inacabable, se va,
olvida su nombre, su signo, pero uno aquí llora, está más muerto, más acabado,
con el pecho mordido. A uno lo muerden lo guijan las serpientes, se lo acaban
las arañas, uno llora el día, uno se
parece a la noche: silencioso y oscuro.
Uno aprieta sus manos, se quiebran, se acaba la fuerza, uno se cae.
Cómo seguir de pie, cómo despertar, cómo seguir adelante si
persiste un recuerdo, una imagen, cómo mirar el cielo siquiera si uno se la
pasa quebrado, hincado, entre las manos, con el cuerpo desecho, con el alma
partida. Partido, humillado por la vida,
con las venas injustas, con los ojos gritones, con las noches en el cuerpo recorriendo cada espacio,
colmándose entre las vértebras.
Es el dolor, un duelo de cien cabros bravíos que se azotan
contra el pecho, como una columna demorándose. Son los golpes de un mazo
directo a la sien, a la columna vertebral. Es una ausencia, uno se incompleta,
se divide, uno se quiere morir, uno se quiere ir con el muerto a morirse
juntos. Uno se queda escribiendo, otro reza, otro llora, otro se muere
lentamente.
Cuando Jaime Sabines (Chiapas, 1926) perdió a su padre, El
Mayor Sabines, le dedicó (entre tanto poema) los siguientes versos:
Algo le falta al mundo, y tú te has puesto
a empobrecerlo más, y a hacer a solas
tus gentes tristes y tu Dios contento.
Se va una persona y empobrece,
aún más, el mundo, se distorsiona, mueve columnas, mueve presagios.
Grandes versos que pueden dedicarse a toda
persona que han sufrido, como Jaime, una pérdida: un mazo directo a la sien
No hay comentarios:
Publicar un comentario