Caminar,
encontrar la injusticia, la oferta, la paloma, la dulce agonía, la primavera,
un amor repentino. Tan común como andar por la calle y enamorarse. Un amor de
súbito, repentino, de minutos, que deja rastro no en el ojo, en no sé qué
praderas, pero se queda, se magnifica, perdura ¿Será amor?, ¿o el capricho de
una emoción?, ¿se enamora en un segundo; en una mirada, en un destello?, ¿es
posible hablar de cariño?
La poesía
responde, su sensación parecida: un fuego recorre las venas, un fuego se esparce,
un fuego hace explosión. Una llama que ataranta el camino, que retuerce la
boca, que alimenta la alegría. Cómo abrigar la valentía y hablarle, cómo
derrumbar el miedo, los diques que detienen, los obstáculos: es la llama, la repentina, la que levanta el miedo, la que evita acercarte, la causante del silencio.
El miedo te ataca, te derrumba, te llena de vocecillas,
de clamores temerosos, el fracaso. Se aleja para no volver, para escaparse.
Pero late, aceleradamente, el cuerpo. El tiempo se detiene, las palomas, la
tarde desciende. Y se aleja con su nombre resguardado, con sus temores, con sus
sabores, con sus secretos, y uno se queda perplejo hablándole al cielo, uno se
queda en silencio probando el amor, el repentino, el que se queda para siempre.
Mario Benedetti,
uruguayo, escribió los siguientes versos para aquel amor que pasa por una
calle, un callejón, en el autobús, y se aleja para no volver:
Paso
que pasas
rostro que pasabas
qué más quieres
ay no
ay no me tientes
que si nos tentamos
no nos podremos olvidar
adiós.
rostro que pasabas
qué más quieres
ay no
ay no me tientes
que si nos tentamos
no nos podremos olvidar
adiós.
Amor - cariño que pasa, que perdura, que
levanta un imperio. Versos que se dedican a ella
que pasa.
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